Escuchó el borde de sus huesos crujir. Crac. Un golpe seco, rotundo. Aterrador. Apretó los ojos y se tragó el miedo a cucharadas. Se le retorció el estómago hasta que le dieron ganas de vomitar, todo en una fracción de segundo, en una bocanada de aire que no terminó de dar. Y un instante después, aquel dolor rabioso en el hombro. Como una dentellada, un mordisco a su pánico. Y luego, nada.
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